lunes, 28 de noviembre de 2011

Hidroaviones de película en el Río

La escena era atrapante, casi mágica. Empezaba cuando el imponente hidroavión encaraba hacia lo ancho del Río de la Plata, abriendo un surco como para peinar al agua con raya al medio. Entonces, los cuatro motores rugían y uno tenía la sensación de estar viendo una película de Indiana Jones, pero 20 años antes de que existieran las aventuras de ese personaje. Tampoco existían los jueguitos electrónicos, y ver despegar a los hidroaviones en la Dársena F del Puerto de Buenos Aires formaba parte de un buen paseo para entretener a los chicos, algo que después se remataba saboreando un gran trozo de sandía al hielo o un choripán en los puestos armados en la Costanera con dos caballetes y dos tablones.
La fuerza. 4 motores alzan el avión frente a la costanera.
Aquello perduró hasta agosto de 1962 y los protagonistas eran los hidroaviones Short Sandringham que Aerolíneas Argentinas usaba en su ruta hacia el Litoral, así como a Asunción y Montevideo. Fabricados en Belfast (Irlanda del Norte) durante la Segunda Guerra Mundial, esos “botes voladores” llevaban 5 tripulantes y 24 pasajeros. Habían sido adaptados para el uso civil, después de haber se utilizado para atacar a los submarinos alemanes que asolaban el Atlántico Norte durante la guerra.
Estaban equipados con cuatro motores Pegasus a hélice y cada uno tenía una potencia de 800 HP, lo que hacía más impactante el momento del despegue. Los aviones medían casi 27 metros de largo, 7 de alto y su envergadura (de punta a punta de cada ala) superaba los 34 metros. Con carga, su peso orillaba los 28.000 kilos. A pesar de eso, su ascenso era de más de 4 metros por segundo.
Por supuesto que aquellos no fueron los primeros hidroaviones que vio Buenos Aires. Ya en 1919, después de la Primera Guerra, llegaron esas máquinas desde Italia y hubo pruebas en rutas hacia Rosario, Santa Fe, Asunción y Montevideo. Pero no eran vuelos comerciales. Esas rutas comenzarían a explotarse desde 1924 en adelante.
Sin embargo, en 1926 hubo un hecho que marcó esa posibilidad de explotar comercialmente a los hidroaviones. El argentino Eduardo Olivero, con una máquina bautizada “Buenos Aires”, unió Nueva York con la capital argentina. Aquella aventura (duró dos meses y medio) fue el puntapié inicial para una ruta regular entre ambas ciudades: el hidroavión salía de la Dársena F los domingos a las 8.30 y en “apenas” ocho días, con sus respectivas escalas, llegaba a Nueva York. También había otro servicio que salía los miércoles y en dos días llegaba a Río de Janeiro.
Otro recorrido regular fue el que desarrollaron los hidroaviones de la Compañía Aeronáutica Uruguaya (CAUSA) y los de la Sociedad Argentina de Navegación Aérea (SANA), volando hacia Montevideo y Colonia.
Lo concreto es que aquellos poderosos hidroaviones, que tenían su aeroestación frente a la vieja Usina Eléctrica de Puerto Nuevo, dieron espectáculo, sin proponérselo, hasta los años 60. Todavía quedan algunas de las escaleras por donde los pasajeros bajaban para embarcar. Después, el Aeroparque reemplazaría el atractivo de la gente por ver aviones.
Las que también dieron espectáculo en aguas de la Ciudad fueron una pequeñas lanchas que corrían carreras en los lagos de Palermo. Fue algo que entusiasmó a grandes y chicos, que se amontonaban en la orilla para verlas pasar. Pero esa es otra historia.

Fuente: Clarín