lunes, 9 de abril de 2012

Cascada Cifuentes: provincia de Buenos Aires

(por Cristian Sirouyan) Coronel Dorrego - Enviado Especial - 08/04/12

Coinciden los vecinos de Coronel Dorrego con sus pares de la localidad de Oriente a la hora de alabar los dos atractivos más afamados de la zona. Por un lado, los motivos que justifican una visita a Marisol saltan a la vista desde el primer esbozo de urbanización del balneario: las calles de tierra transportan a los turistas por un ámbito de absoluta tranquilidad y, mientras conducen hasta la playa de arena salpicada por los embates del mar, deslumbran con los jardines floridos que decoran los chalés.
Esta foto se tomó el 01-01-08. Por Cris Menna.
En cambio, requiere mayor atención y paciencia detectar las razones del río Quequén Salado para considerarlo un paisaje diferente, un matiz que alcanza a alterar la monotonía del horizonte plano, en el sudoeste de la provincia de Buenos Aires. Incluso, poco y nada es posible vislumbrar desde el cruce del río por un puente de la ruta 3, donde el Quequén Salado, que los primitivos habitantes pampas llamaban Mulpunleufú –“río de sangre”, por el color del agua oscurecido por los sedimentos en épocas de lluvias– no es más que un tenue resplandor plateado. Lentamente y en silencio recorta la llanura.
Una vez traspuesto el cruce, un camino de tierra se desvía de la banquina hacia la izquierda y empieza a emular las curvas del río. Pero enseguida parece haberse extraviado en su propia huella polvorienta, que se abre paso con dificultad en un campo reverdecido por los cultivos. Esta vez es el camino el que se ve forzado a improvisar un rodeo para sortear el casco de una estancia, allí donde los dominios de la soja ocultan sus límites. Cuando parecía haber perdido definitivamente su rumbo, el camino rural reencuentra el profundo tajo del río en un mirador, que la propia naturaleza despliega sobre una barranca.
A los pies del suelo cubierto de pastos, el Quequén Salado vuelve a presentarse, ahora rugiente. Sus aguas se precipitan desde la pared de 8 metros de altura de la Cascada Cifuentes, bajo un manto de espuma que enturbia la atmósfera. En el remolino se entrecruzan los colores encendidos de cuatro kayak, que giran varias veces como trompos antes de volver a apuntar hacia la desembocadura. Más lejos, en un tramo sosegado, el sol ilumina la superficie y revela el fondo, donde las algas bailotean con cardúmenes de bagres, lisas y pejerreyes.
La playa blanca y amarillenta –endurecida por un extenso banco de yeso– es una inmejorable plataforma para plantarse cara a cara con la cascada y dejarse llevar durante un buen rato por la vista de esta ruidosa irrupción de las aguas, que despegan mansamente desde la serranía de Ventana. Prehistóricos animales, como megaterios y gliptodontes, dejaron sus huellas en estos parajes. Ahora, sobre los restos fosilizados de esas moles dibujan sus vuelos entrecruzados gaviotas cangrejeras, chorlos y pájaros rayadores. En el medio del cauce, el concierto de trinos en tres tonos se reduce a un tenue rumor, que finalmente es desplazado por el furioso estampido de la cascada. Dejarse empapar por el torrente de agua fresca es un bálsamo y, a la vez, la única vía posible para acceder a una caverna envuelta en un halo de oscuridad y misterios.
El río no deja de avanzar a los saltos entre los restos de una usina hidroeléctrica y a un costado del boquete de la Cueva del Tigre, la discreta morada que encontró el bandido Felipe Pacheco –“El tigre del Quequén”– para ocultarse a mediados del siglo XIX.
Aguas abajo, el río recupera sus largos silencios, vuelve a aquietarse y termina su derrotero de 135 km en La Boca, resignado a asumir su lugar de súbdito, a punto de ser devorado por el mar.