viernes, 8 de junio de 2012

Volvió el paraíso



El 4 de junio de 2011, la naturaleza castigó a Villa la Angostura y otras zonas patagónicas con la furia del volcán Puyehue. Hoy, gracias a la fuerza de voluntad y solidaridad, sus vecinos volvieron a sonreír y esperan ansiosos la llegada de la nieve.
Por Daniela Rossi (Desde Villa la Angostura)

Hoy, lo que cae del cielo es agua, forma charcos, hace barro en las calles de tierra. Llueve. Hace 364 días, el 4 de junio de 2011, lo que caía era granizo, piedra pómez, arena, ceniza; no se sabía bien qué. No se sabía nada. El mediodía se hizo noche, el suelo tiritó, hubo rayos, truenos, algo que nunca pasó por acá. El volcán Puyehue tosió y Villa La Angostura se transformó en un pueblo en escala de grises. Estuvo sepultada bajo 30 centímetros de arena durante varios días. Hasta que el pueblo se transformó en comunidad y de ahí en adelante empezó la historia de la reconstrucción. De la limpieza para que quien llegue pueda decir: "aquí no ha pasado nada". Este verano las rosas crecieron rojo intenso, los pinos lucieron verdes, el agua que cayó, lavó, ya no endureció la arena. La huella del Puyehue ahora va por dentro, pero por afuera no se ve.

Susana estaba en la parroquia, Elizabeth en su casa, Martín en el restaurante de un amigo, Julián en la montaña, Diego en lo de su mamá, Mario en el cuartel, David y Juan José en reunión de gabinete, Gabriel en Bariloche, Alejandra en la Casa de la Cultura. Todos recuerdan en dónde recibieron la noticia de la erupción del volcán, que está en Chile pero que volcó su furia hacia este lado de la cordillera. De ahí hasta el domingo recuerdan poco, sólo que acataron órdenes o que las dieron, porque eso era lo mejor para todos.

El jueves anterior, David Tressens, entonces secretario de Seguridad municipal, leyó en un diario que había subido el alerta de la actividad del volcán, y puso en marcha el protocolo de Defensa Civil. Todos se reían un poco de incredulidad, pero comenzaron a trabajar. "Se prevé para los próximos 10 días un evento sísmico asociado a un evento vulcanológico", era la información que había llegado de la ONEMI. A las 15.15, poco después de finalizada la reunión conjunta de todas las áreas de Defensa Civil en la Casa de la Cultura, que después sería sede del COE (Comando de Operaciones de Emergencia), el Puyehue erupcionó.

TODOS PARA UNO. "Dormía la siesta en la casa de mi mamá, me llamó un compañero y me dijo que llovían piedras", recuerda Diego Miralles, locutor de FM La Jungla, la emisora que sirvió de vía de comunicación durante la crisis. A las 16.25 Miralles hizo su primera salida al aire –por radio y TV en simultáneo– y trasmitió 36 horas corridas. "Me vine, ni lo pensé. No me acuerdo nada de esas horas, era tan grande el estrés, la tensión, los teléfonos no paraban de sonar con pedidos. Pero a los cinco minutos de que hacíamos un pedido, alguien se acercaba a ayudar a ese vecino", recuerda junto a Jaqueline Rossano. Esa tarde, ella, que vivía frente a la radio, se acercó a ofrecerle café, y nunca más se fue.

Mario Tierno había reunido a sus 23 hombres en el cuartel general de Bomberos Voluntarios. Los temblores se habían sentido durante la mañana. Chile ya estaba en alerta roja: "El que quiere, se puede ir, no culparemos a nadie –les dijo–. El que se quede, que vaya a su casa, compre provisiones, prepare a su familia. No tenemos antecedentes, no sabemos cómo será". Desde ese mediodía se quedó 50 días en el cuartel. Allí trabajaba, dormía, comía. El edificio empezó a llamarse "la casa grande", ya que ahí vivían todos, incluso algunos con sus familias. "Había caritas de miedo, no te voy a decir que no. Era miedo a lo desconocido. Nosotros sabemos cómo enfrentar un incendio pero 30 centímetros de cenizas, no". Después del primer fin de semana, Tierno relata que empezó "el cuento de nunca acabar": "La ceniza era conductora, entonces cada vez que se mojaba hacía saltar la electricidad que habíamos logrado restablecer. Y al día siguiente había que limpiar lo mismo otra vez", explica. Hubo barrios sin electricidad por 45 días.

No se sabía si lo que caía era tóxico, irritante, nocivo para las vías respiratorias o la piel. "Apenas recibimos el alerta hicimos un recuento de los materiales de los que disponíamos. Había barbijos y medicación de los días de la Gripe A, estábamos equipados", cuenta en el despacho del nuevo hospital local, Alejandra Piedecasas, la directora. El año pasado aún funcionaba el viejo establecimiento, en el que montaron la guardia en la entrada: pero no recibieron más consultas que otros años, e incluso hubo menos enfermedades estacionales: "En mayo o junio en general empezamos a atender patologías invernales, pero como la gente se quedó en sus casas hubo una cantidad menor de consultas", asegura. Quienes tenían contacto directo con la ceniza presentaron irritaciones, piel seca, lesiones en los ojos, algo de tos. Pero en Villa La Angostura no hubo heridos ni muertos por las cenizas.

Sí notaron enseguida que el material que había caído era corrosivo: las palas con las que levantaban la arena se gastaban, los mosquetones con los que se sujetaban al trepar no duraban más de dos recorridos. En los techos de los que se tardó de sacar el material todavía hay marcas. En el plan de rescate se usaron 30 mil litros de agua potable, la misma cantidad de gasoil, 12 generadores y 3.500 barbijos. El COE llegó a tener 585 miembros, con un promedio de 150 voluntarios que se acercaban cada día. Eso es lo único que hace que David Tressens, el coordinador del COE, se emocione: "Le pedíamos milagros a la gente, y ponían todo para hacerlo. Un día grité en el salón que necesitaba alguien que hiciera un techo para cubrir una línea eléctrica. Un hombre levantó la mano y a las tres horas estaba listo; aún está ahí". De la villa se sacaron 1.4 millón de metros cúbicos de material volcánico: cada metro cúbico equivalía a 110 mil camiones, seco pesaba 700 kilos y mojado 1.800.

VECINOS. Ingeniero Jacobacci, Río Negro, queda a 184 kilómetros de aquí. Allí viven 5 mil personas y fue la otra gran castigada por el volcán. La ceniza que cayó era muy fina y los vientos de más de 80 kilómetros por hora tornaron difícil su limpieza; la acumulación de ceniza sitió a los pobladores y mató gran cantidad de animales. "Jacobacci fue el otro sitio muy afectado, que por suerte recibió ayuda económica del concurso ‘125 horas por la Patagonia’ para reconstruir los techos de las casas", cuenta Elizabeth Allende, miembro de Reconstruyendo Angostura, una ONG formada por mujeres. Los rionegrinos recibieron 200 mil pesos, mientras que los de Neuquén, 130 mil, que usaron para limpiar 32 casas de las afueras, plan con el que emplearon a hombres que habían perdido sus trabajos.

"Estaba el rico con el pobre, el jefe con sus empleados, la 4X4 y el auto viejo. Eran todos iguales", recuerda la Hermana Susana Vanni, representante legal del colegio Don Jaime de Nevares. Ella recibió la noticia en la parroquia y ese día acató la orden de no salir de sus casas. Al día siguiente llegó el shock: "Lo que vi esa mañana fue tristísimo, todo gris, tapado. No podías creerlo. Ahí dije que no me quedaría quieta y me fui para el COE", relata. Declarada fanática de la limpieza, enseguida le asignaron un rol: primero anotaba a los voluntarios que se ofrecían, luego organizó los grupos que mantenían aseada la Casa de la Cultura. "Tuve que bajar mis pretensiones", se ríe. La arena se pegaba al calzado, ensuciaba todo lo que tocaba. Pasaron muchos camiones y voluntad hasta que se volvieran a ver las veredas, el pasto, el asfalto. Más tarde, con el pasar de los días, comenzó una tarea que la marcaría. Junto a Gabriela, una profesora de la escuela adventista, salieron a recorrer las casas de los pobladores más alejados: "Nos unió la fuerza, la creencia. No nos conocíamos, y ahora nos vemos cada tanto", cuenta.

VOLVER A NACER. A esas casas rurales también llegó Gabriel Willinks, con su indumentaria color caqui y su sombrero de montaña: fueron los guardaparques de la región norte del Parque Nacional Nahuel Huapi los encargados de articular la ayuda que llegaba desde el Ministerio de Desarrollo Social nacional, el COE y los pobladores más alejados de la villa. "Estaban preparados para pasar el invierno, pero por ejemplo ocurrió que la leña quedó bajo lo que cayó. Además, los animales no tenían qué comer, alrededor del 20 por ciento del ganado vacuno de la zona murió, y ése era su principal sustento de vida", cuenta. Por cuatro o cinco años se calculaba que no habría pasto apto para consumo animal, pero algunas herbáceas ya rebrotaron, aún con más fuerzas. En el bosque, cuenta Willinks, la ceniza aún está en el suelo, pero conservó la humedad e impulsó a la flora autóctona, que pudo sacudir de sus ramas lo ajeno y volvió a nacer este verano. "Los pájaros desaparecieron, estaban perdidos, igual que algunos ciervos que se acercaron al pueblo", cuenta sobre los animales del lugar, que ya volvieron a cantar en su sitio de siempre. Incluso las chaquetas –especie de avispa– se fueron, por lo que a principios de este año las moscas –alimento del otro insecto– se instalaron por una temporada en la villa.

"Salimos del restaurante en el que estábamos y nos cayó un pedacito de piedra pómez. Después otro, y el cielo estaba negro. Salimos para el supermercado y a cargar gasoil, y esperamos en casa", cuenta Martín Zorreguieta, dueño de "180", uno de los restaurantes de Cerro Bayo. Ni pensó en cómo estaría el local de la montaña. "No había mucho por hacer ni por pensar. En ese momento era cuidar la salud, tener en cuenta la seguridad de los techos de los hogares. Y al día siguiente a sacar arena, pala, carretilla, había que seguir", dice el hermano de la princesa de Holanda. Supo, a los pocos días, que la temporada invernal estaría perdida, y para llegar en condiciones al verano habría que trabajar mucho. "Cuánto duraría la situación, era un misterio", asegura. El volcán recién bajó al alerta amarilla a fines de abril, más de 10 meses después de comenzar su actividad más fuerte.

En el invierno de 2011 el centro de esquí Cerro Bayo abrió igual, aunque los aeropuertos de la zona no operaban y los turistas no venían; pero era una manera de alentar a la comunidad a continuar. El año pasado el cerro facturó el 5 por ciento de lo recaudado en 2010, cuando lo visitaron 68 mil personas. "Perdimos 10 millones de pesos", confiesa Julián Arostegui, director de Cerro Bayo. La inversión para montar una telecabina séxtuple ya estaba hecha, pero las cenizas sepultaron también esos planes: la cinta recién pudo ser cortada hace unos días. "Estaba en la montaña y escuchamos los primeros ruidos. Bajamos todos, enseguida comenzamos a trabajar en el COE. Estuve casi un mes sin volver a Buenos Aires", cuenta.

El objetivo de la villa, en cuanto al turismo, es lograr una temporada similar a la de hace dos años, cuando el volcán no era tema de todos los días. "El segundo semestre de 2011 fue el peor de la historia en cuanto al turismo", dice sin dudar Marcelo García Leyenda, secretario de Turismo municipal, pero expone un dato alentador: abril de 2012 tuvo un 75% de ocupación hotelera, cifra mayor al mismo mes de los últimos seis años. Los comercios ya se tomaron su tradicional semana de vacaciones de otoño, cuando los turistas por estos lados son contados, para esperar la temporada invernal.

Arrayanes, la calle principal, tiene sus canteros arreglados, para mostrar que todavía es el centro del jardín de la Patagonia. En el bosque, el pasto ya le gana a la arena y puede asomarse a la luz. Para los vecinos, los días de "cenizeada" quedaron atrás, y repiten como un mantra el deseo de que no vuelvan por mucho tiempo. Que no vuelvan nunca más. 
Fuente: 7 Días