domingo, 31 de mayo de 2015

Salar de Uyuni: donde se pierde el horizonte

El salar más grande del mundo es un verdadero desierto blanco dentro de Bolivia y se ha convertido en paso obligado para quienes recorren el país. Un lugar para gastar el dedo en la toma de fotos y fijar en la memoria las increíbles visiones.

Lo que para muchos carece de valor, para otros puede ofrecer algo distinto, incomparable. Por ello, la extensión salina más grande del planeta es una verdadera joya turística y de producción para Bolivia.
El salar de Uyuni recibe aproximadamente 60 mil turistas por año, que se dan cita para conocer este paisaje surrealista que creó la Pachamama y que se ha transformado en el cuadro perfecto para capturar las imágenes más creativas y disparatadas.
Situado en el Altiplano de Bolivia y sobre la cordillera de los Andes, la superficie de 12 mil kilómetros cuadrados que ocupa el salar estaba cubierta hace miles de años por el lago Minchin.
Actualmente, el salar de Coipasa y los lagos Poopó y Uru Uru también son vestigios de este gran espejo de agua prehistórico y acompañan al gran salar en la zona.
Cuenta la leyenda, de origen aimará, sobre los tres antiguos dioses, que Kusku, marido de Tunupa, engañó a ésta con Kusina. Entonces, las lágrimas de Tunupa fueron tantas que dieron lugar a un gran lago salado, hoy convertido en uno de los paisajes más increíbles que existen en el mundo.
En invierno, temporada seca, la superficie se endurece y da lugar a figuras geométricas formadas por las partículas de sal. En tanto que en verano, durante los meses de lluvia (diciembre a marzo), se produce el momento “mágico” del salar. El agua genera una fina capa sobre la sal que provoca el famoso efecto espejo. El desierto salino se funde con el cielo y produce espejismos asombrosos.
El salar juega con los elementos que lo rodean y los pone “patas” arriba y sólo la gravedad permite diferenciar el cielo de la tierra. Por todos lados, los viajeros se posicionan para quedar inmortalizados en postales alocadas. Todo queda librado a la imaginación.
Caracterizado por su belleza paisajística y riqueza geológica, este desierto de sal ofrece además sitios naturales muy particulares para quienes lo visitan: aguas termales, géiseres, islas con vegetación desértica, ruinas y hasta volcanes, en sus inmediaciones.


Tour por el salar

La magia y la aventura comienzan al sur de Oruro y al oeste de Potosí. Desde allí, a 30 kilómetros, parten innumerables excursiones en vehículos 4x4 hacia el desierto blanco. Ahí se encuentra la mayoría de las agencias que ofrecen el tour y que significan el principal sustento de vida para los lugareños.
El recorrido comienza por la mañana en compañía de los primeros rayos del sol, previo paso por Colchani, el pueblo que funciona como el principal punto de procesamiento y comercialización de la sal, se ingresa al deslumbrante manto blanco.
En este minúsculo pueblito, cerca de la estación de ferrocarril, se encuentra la planta de tratamiento de sal, con capacidad para procesar 20 mil toneladas por año, una cifra mínima respecto al volumen total de la gigantesca reserva. El método tradicional de producción de sal consiste en amontonarla en pequeños montículos para que se evapore el agua y luego pueda ser transportada.
Dentro del salar se aprecia la belleza, y su exceso de simpleza, y la soledad de un terreno agreste e inhóspito, pero que obsequia imágenes indescriptibles para los amantes de la fotografía.
Se calcula que su profundidad es de unos 120 metros, en los que se suceden una docena de capas diferentes de minerales, con espesores que oscilan entre los dos y los 10 metros. La capa superior es una de las más gruesas, lo que permite que circulen sobre ella vehículos todoterreno sin ningún problema.
Luego de recorrer unos pocos kilómetros dentro del desierto blanco, se accede al exótico hotel, construido íntegramente con bloques de sal y techo de paja brava, que actualmente funciona como museo.
Este hotel, caracterizado entre los más extravagantes del mundo, dejó de funcionar como tal por ser una amenaza contaminante para el salar, pero tiene sus semejantes donde los turistas se pueden alojar en ambientes de paz y tranquilidad, para apreciar el salar desde sus mejores vistas.
La travesía continúa dentro de la inmensidad blanca y aparecen algunos ojos de agua por donde –según los guías– brota un manantial de agua subterránea que burbujea como una pava hirviendo y que se debe a la gran actividad volcánica que existe en la zona.
El tour sigue rumbo al norte, hasta el solitario pueblo de Coqueza, ubicado al pie del volcán Thunupa. Allí, el celeste se vuelve más intenso y sólo se percibe que la tierra y el cielo se conjugan en una misma cosa.

Antiguo hotel de sal, hoy convertido en museo.
 

Fuente: La Voz