domingo, 11 de octubre de 2015

Nostalgia de ya no ser lo que fue...

Hacía muchos años que no iba para el lado de Rincón de Milberg, décadas diría. Solíamos ir cuando era aún un niño con mi familia a Soeva, el recreo que estaba sobre el río Luján a la altura del arroyo Caraguatá. Yo disfrutaba del viaje tanto como la estadía en el parque y el río. Cuando la camioneta salía del Acceso e ingresaba a la localidad de Tigre para luego tomar la ruta 27... hasta podría narrar lo que imaginaba y pensaba durante el viaje en un camino que a medida que nos alejábamos de la ciudad de Tigre se iba despoblando y precarizando. No obstante ello mi mente veía belleza en el paisaje del río, en la traza de la ruta, en el cruce del - para mí en esos años - imponente río Guazú Nambí, los pastos altos y la soledad de un camino transitado por tramos. Las miradas de los lugareños denostaba un dejo de tristeza en esos rostros curtidos y las manos ajadas cuando te daban el diario o la carnada camino al recreo. Esas casas precarias a simple vista pero desbordante de afecto familiar bajo la sombra de altísimos árboles que les brindaban sombra regalada por la providencia como para amortiguar los domingos por tanto sufrimiento semanal. Cuando la camioneta llegaba a ruta 27 y Dellepiane doblaba a la derecha y un enorme cartel aparecía sobre la izquierda mencionando a los recreos que al llegar al rio encontraríamos: El Zorzal y Soeva. Calle de tierra a veces en buen estado como un túnel techado de frondosos árboles nos acompañaban hasta las puertas de un lugar especial para mí... Soeva. Durante la semana previa cuando se acordaba para ir, yo empezaba desde ese preciso instante a recordar minuciosamente cada detalle del viaje, del recreo, del río, de las canchas de fútbol, de la casa que estaba dentro del predio con un cartel que decía propiedad privada no ingresar y la placa municipal con el nombre de la calle y la altura (Domingo Lima, lo que no recuerdo es el número), todo, el puente colgante, las piletas... la emoción de ese niño que fui es la misma que siento al recordarlo hoy y siento que ese niño es hoy el mismo pero con unos cuantos años más, nada más.
Hacía muchos años que no iba para el lado de Rincón de Milberg, décadas diría. Y fui el viernes con las mismas ganas aunque en colectivo... pero a poco de cruzar el río Tigre me perdí. Bruscamente las calles, el paisaje, la dinámica, los vehículos, todo junto me iba modificando como una película que va escribiendo una nueva aventura sobre la vieja ni bien iba pasando por aquellos lugares que supe conocer... las baldosas de las veredas perfectamente colocadas iban tapando las veredas de tierra o mal pavimentadas, las edificaciones nuevas iban creciendo sobre las casitas humildes, el centro de salud iba cubriendo el pastizal, los semáforos y las señalizaciones en perfecto funcionamiento iban ordenando aquel hermoso desorden, colegios y barrios del estilo high iban cubriendo espacios vacíos durante varios kilómetros, me sentí en otro lugar, no sé donde fui. Ya no había más ruta 27 ni Santa María de las Conchas, Agustin García iba marcando el camino que aquellas supieron marcarme en otra época, el cartel de la calle Dellepiane estaba correctamente colocado en la esquina donde sabíamos doblar pero no quise mirar el camino a Soeva, mi cuerpo estaba siendo despojado sin permiso de maravillosas vivencias que tuvieron que buscar refugio rápidamente en mi corazón sin pensarlo demasiado, de ahí nadie lo podrá sacar. El niño me decía llorando que no quería seguir adelante, se quería bajar, quería volver a buscar la camioneta porque de esa forma volvería a ver todo como entonces... y no supe que decirle porque sentía lo mismo. Sentí que se me derrumbaba la niñez, que mis sensaciones y recuerdos estaban siendo asaltados en forma violenta por una realidad que me superaba en cada metro de camino transitado... Amo Tigre, amo el delta, amaré por siempre Soeva porque mis recuerdos son producto de esa nostalgia tan dulce que alguna vez se apoderaron de mi corazón y nadie podrá quitarlo, ni Massa, ni la maldita globalización, ni ese proceso de gentrificación criminal, nada. Al volver nos abrazamos fuerte, muy fuerte con ese niño que fui y bajamos juntos antes de cruzar el río Tigre nuevamente para hacer el trayecto que nos faltaba por adentro del barrio... nos prometimos tener memoria.