viernes, 6 de mayo de 2016

Patagonia y su elemento

Patagonia y su elemento.(Fabio Seleme*)  - Toda comprensión oscila entre obtener completitud y unidad. Por eso si quisiéramos entender la Patagonia tendríamos al menos dos caminos distintos para hacerlo. El primero, consistiría en emprender, con cierta manía científica positiva, una enumeración caracterizada de la variedad de paisajes, accidentes e historias que dan fisonomía a nuestra región… Habría que contar el relieve y los cursos de agua… decir la nieve, el sol, los choiques y el aroma de la mata negra… hablar del Golfo Azul, George Musters y los largos días del verano… Las ballenas, el Balseiro, el chingolo, Casimiro Bigüá y su pueblo, el sabor del calafate… las araucarias, Francisco Moreno y el carbón en lo profundo… Tres Cerros, Tres Lagos, la infancia de Perón, las rutas infinitas y tanto cielo…los puertos, la primera misa, los dinosaurios enterrados en el tiempo y el petróleo actual…las maras, el color del murtillar, las noches largas del invierno, los ñires y los guanacos… y disiparse por este camino en la nada de una colección de diversidad infinita.
El segundo camino, por el contrario, consistiría en preguntarse con algo de espíritu más filosófico por lo que hay de común en esa multiplicidad heterogénea. Buscar aquello que pudiera haber de permanente por encima de las variaciones singulares de las mesetas escalonadas y la dentada cordillera inconmovible, aquello que trabaja tanto la aridez de la estepa como la humedad del bosque, desde el canal de Beagle hasta el Río Colorado…buscar lo común a toda la gama climática y a todos los enclaves urbanos desperdigados por la lengua de tierra del confín del mundo. Se trataría entonces de indagar por lo genérico vinculante entre la playa, las cañadas, las cumbres y los acantilados, entre los glaciares y los consecuentes lagos y ríos de deshielo. Es decir, interrogarse por lo que le da unidad a una extensión de más de un millón de kilómetros cuadrados con todas sus singularidades.
Preguntarse por esto es preguntarse por una sola cosa. Porque es interpelar por lo uno en lo que la realidad múltiple se resume. Por la cosa única que identifica toda presencia en la Patagonia… Y es andando ya la pregunta, que en el horizonte llano del interrogante, casi naturalmente, el pensar trae el viento. Porque es el viento la realidad general que atraviesa toda la Patagonia. Sobre su suelo estriado y bajo el cielo plano es el viento lo que pasa. Es viento lo que pasa en la Patagonia y el viento es lo que la cruza.
Claro que no hablamos de cualquier viento. Hablamos de uno que es un flujo de aire en masa, que se desfoga yendo de un océano a otro, del Pacífico hacia el Atlántico con la fuerza de lo que se desplaza de un vacío a otro vacío. Hablamos de un viento que barre la región entera con sus ráfagas elásticas e iracundas, forzando con su violencia a todo lo que quiere ser sobre el cuerpo geográfico. Y así como el habla define al sujeto porque el lenguaje lo atraviesa, el viento define a la Patagonia porque el vendaval la traspasa de extremo a extremo rugiendo al unísono todas las palabras todavía inexistentes.
“Todo está aquí sometido al imperio del viento, que sopla, aúlla, se queja y brama” dice Roberto Arlt en sus Aguafuertes patagónicas. Y efectivamente sopla viento en Neuquén y Caleta Olivia, en Esquel y Puerto Deseado, en Río Mayo y General Conesa. Y sopla como en ningún otro lugar del mundo en Comodoro, Río Gallegos y Río Grande, capitales del “país del viento”. La corriente límpida sopla y ulula, tanto en el Upsala como en la Salina del Gualicho, en la cima del Chaltén y en Almanza. Y es el mismo viento que lima los acantilados de Monte León y las playas de Rada Tilly, la cumbre del Monte Zeballos, el Alto Valle y el Gran Bajo de San Julián.
Su misterioso devenir eterno e invariable en esta tierra resulta principio poético y mítico ya en la cosmogonía Tehuelche. Porque el viento es, en la creencia originaria, espiración de Kóoch. Es Kóoch el dios supremo, morador de las tinieblas primigenias, que abrumado por su gran soledad lloró desconsoladamente un tiempo infinito. Y viendo la inundación provocada por su propio llanto, desconsolado, Kóoch suspiró hondo y profundo, creando el viento (Kosten) y dando lugar a la primera acción instauradora del mundo, ya que al comenzar a correr el viento, se disiparon las tinieblas y se separó el agua de la tierra.
Así el viento, para los tehuelches, tenía reminiscencia de un acto real constituyente no agotado, que cíclicamente volvía a sentirse con su potencia creadora. Y a ese “aliento divino”, que volvía recurrentemente durante horas e incluso días, escurriéndose con sus velocidades colosales entre los valles y cañadones de la meseta, los tehuelches lo llamaron Kóshkil. Y si bien Kóshkil es una palabra que nos llega hoy sin un significado claro, tal vez esa falta y oscuridad pueda, excepcionalmente en este caso, valorarse de modo positivo. Ya que en tanto significante puro, Koshkil sirve para nombrar sin entificara ese viento constante del oeste, furioso y seco, lo cual permite dirigir el pensamiento al acontecimiento ontológico que fuga con sus ráfagas el espacio y las cosas. Koshkil nombra al viento con viento. Koshkil es simplemente aire que suena ancestral. Y ese aire que suena es el Koshkil, que azota y desola, sacude dispersa y arrastra, a veces, de forma devastadora.
Es el Koshkil el señor del desierto y de la estepa, el viento que lo invade y contagia todo, con su energía y vigor limpio y sediento. Porque el viento patagónico es un absoluto móvil. Con frío o calor, de día y noche, la Patagonia es viento porque viento es lo que sucede. Y se sucede el viento a sí mismo sin pausa como una inagotable nada, invisible pero cognoscible por sus efectos: en el árbol bandera, en la meseta y la piedra tallada, en los labios cuarteados, en la dirección del auto que tira hacia un costado, en la arena y la nieve que vuelan y ciegan y enmudecen. Aquí su presencia potente es evocada aún por el extrañamiento inquietante de su ausencia.
Por definición es imposible encontrar un elemento natural más etéreo, sutil y abstracto que el viento, pero al mismo tiempo nada más colérico e impiadoso. Es el viento de la Patagonia un fenomenal movimiento horizontal del aire. Es el aire, por su parte, esa sustancia primigenia, invariable e infinita de Anaxímenes. Literal contra tiempo, el viento es un flujo de espacio en un puro acontecimiento de acelerada duración.
La metafísica de nuestro viento es, entonces, el resumen de una nada que estructura. Su geometría redondea médanos, aplana sierras y ondula el agua. Su erótica fría quema la piel. Su política arranca lágrimas a quien lo enfrenta, despoja a los distraídos y desgarra las banderas. Nada vive en la Patagonia que no resista el viento. Porque si no lo resiste, sencillamente, el viento se lo lleva. Bajo ese axioma el viento de la Patagonia moldea el suelo y modela el carácter. Hace a su tierra y hace a sus hombres al envés de su intemperancia.
(*) Docente de la UTN y la UNPA